¿Es legítimo que el modelo económico dominante en lo digital se base en convertir la vida,y especialmente la infancia, en materia prima?

Niño usando una tablet en blanco y negro, rodeado de símbolos digitales y flujos de datos, como metáfora del extractivismo de datos, la huella digital infantil y la asimetría de poder en el modelo económico de las plataformas digitales.

Imagen generada por IA.

En los últimos meses algo ha empezado a moverse. Gobiernos que durante años evitaron enfrentarse a las grandes plataformas digitales comienzan, con cautela, a poner límites. Australia ha aprobado una ley que restringe el acceso de menores de 16 años a las redes sociales. Francia y España debaten medidas similares. Y, casi de inmediato, aparecen reacciones furibundas desde determinados sectores tecnológicos que hablan de censura, ataque a la libertad o paternalismo estatal.

Para muchas personas, este debate resulta confuso. ¿Por qué ahora? ¿Por qué tanto ruido? ¿Qué tiene que ver todo esto con un escándalo ocurrido hace años como Cambridge Analytica o con las críticas constantes de Elon Musk a cualquier intento de regulación?

Para entenderlo, hay que mirar más allá de las redes sociales como espacios de interacción y empezar a analizarlas como lo que son: infraestructuras económicas basadas en la extracción de datos.

El modelo económico de las plataformas: cuando la vida se convierte en dato

Las grandes plataformas digitales no venden solo servicios. Su verdadero negocio es extraer valor de la vida cotidiana. Cada clic, cada pausa, cada reacción emocional, cada segundo de atención se traduce en datos. Y los datos, cuando se acumulan, se cruzan y se analizan, se convierten en poder.

No se trata únicamente de publicidad personalizada. Se trata de:

  • Perfilado psicológico y social

  • Predicción de comportamientos

  • Diseño de entornos que influyen en lo que vemos, pensamos y deseamos

  • Entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial a gran escala.

Cuando este proceso comienza en la infancia, el valor se multiplica. Los datos recogidos desde edades tempranas permiten construir perfiles longitudinales, anticipar hábitos futuros y moldear comportamientos durante años.

Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿podemos seguir llamando “gratuito” a un servicio cuyo coste real es la captura sistemática de la experiencia vital?

Extractivismo de datos y asimetría de poder

Uno de los grandes puntos ciegos del debate digital es la asimetría de poder. No estamos ante un intercambio entre iguales.

Las plataformas saben. Saben qué datos recogen, cómo los procesan, qué infieren de ellos y con qué fines. Saben qué diseños funcionan mejor para retener atención, cuándo un usuario es más vulnerable y cómo reforzar determinados patrones de uso.

Los usuarios no saben. Ni siquiera los adultos comprendemos el funcionamiento real de sistemas diseñados para ser opacos. Los menores, directamente, no pueden consentir de forma informada. No ven el tablero completo, no controlan los efectos a largo plazo, no pueden negociar condiciones.

Cuando no hay simetría de información, de poder ni de capacidad de decisión, la legitimidad del sistema empieza a resquebrajarse.

Cambridge Analytica: el momento en que se hizo visible el problema

El caso de Cambridge Analytica no fue una anomalía del pasado. Fue una revelación temprana. Mostró hasta qué punto los datos personales podían utilizarse para influir en emociones, comportamientos y procesos democráticos sin que las personas fueran conscientes de ello.

Lo inquietante no es solo lo que ocurrió entonces, sino lo que vino después. No hubo una transformación profunda del modelo. Hubo, más bien, una normalización. Los mismos mecanismos continúan operando hoy, con más datos, más capacidad de cálculo y menos visibilidad.

Por eso, cada vez que se plantea una regulación, no se discute solo una norma concreta: se pone en cuestión toda una arquitectura de poder.

¿Por qué figuras como Elon Musk atacan la regulación?

Cuando Elon Musk arremete contra los cambios impulsados en Australia o ridiculiza los debates abiertos en Francia y España, no está defendiendo únicamente una idea abstracta de libertad de expresión.

Está defendiendo un modelo económico y político muy concreto.

Regular implica:

  • Limitar la extracción de datos

  • Exigir transparencia algorítmica

  • Introducir responsabilidades legales

  • Reconocer que existen daños estructurales.

Todo eso amenaza directamente a quienes se benefician de la opacidad y de la concentración de poder. Por eso el discurso suele desplazarse del diseño a la ideología, del poder a la opinión, de la estructura al individuo.

Infancia digital: de sujetos en desarrollo a materia prima

El punto más delicado de este debate es la infancia. No hablamos solo de tiempo de pantalla o de contenidos inapropiados. Hablamos de procesos de formación: identidad, autoestima, relación con el otro, gestión de la atención y del deseo.

Aceptar que estos procesos sean el punto de partida de un negocio extractivo implica normalizar que crecer, jugar y experimentar se conviertan en oportunidades de monetización para terceros.

Durante años, la responsabilidad se ha desplazado casi exclusivamente hacia familias y escuelas, como si el problema fuera de uso y no de diseño estructural. Esa narrativa también forma parte de la asimetría: individualiza la culpa y protege la arquitectura que hace posible la extracción.

Esta lógica no se limita a las grandes plataformas. Como muestra de forma inquietante la novela Los reyes de la casa, de Delphine de Vigan, el extractivismo digital ha traspasado la pantalla y se ha instalado en lo cotidiano. La vida familiar, la intimidad y la infancia dejan de ser espacios protegidos para convertirse en contenido. No porque exista una obligación explícita, sino porque el propio sistema ha reconfigurado qué entendemos por visibilidad, éxito o reconocimiento.

Lo perturbador no es solo que las plataformas extraigan datos, sino que hemos aprendido a ofrecernos voluntariamente. A narrarnos, a exponernos, a convertir la experiencia en material compartible. En ese desplazamiento, la infancia deja de ser únicamente objeto de captura para convertirse también en recurso narrativo, en activo simbólico dentro de una economía de la atención que ya no distingue con claridad entre lo público y lo íntimo.

Esta cuestión abre otra derivada incómoda que rara vez se aborda: el papel de quienes consumimos. Porque el modelo no se sostiene únicamente por el diseño de las plataformas, sino también por la atención que les entregamos. Cada visualización, cada interacción, cada gesto aparentemente inocuo contribuye a reforzar aquello que decimos cuestionar.

Sin embargo, reducir el problema a una suma de decisiones individuales sería simplificarlo en exceso. No consumimos en un vacío neutral, sino en entornos diseñados para captar, retener y orientar nuestra atención. La arquitectura precede a la elección. Y, aun así, la elección existe.

En esa tensión, entre diseño y decisión, entre estructura y participación, se juega una parte esencial del debate actual. Porque si todo es estructura, el margen de acción desaparece. Pero si todo es responsabilidad individual, el sistema queda intacto.

La pregunta que no podemos seguir evitando

Más allá de prohibiciones concretas o límites de edad, hay una cuestión de fondo que sigue sin abordarse de manera honesta:

¿Es legítimo que el modelo económico dominante en lo digital se base en convertir la vida, y especialmente la infancia, en materia prima?

Mientras no afrontemos esta pregunta, seguiremos discutiendo parches sobre un sistema intacto. Y mientras tanto, el poder continuará concentrándose en manos de quienes diseñan y controlan el entorno digital, mientras el resto, niños incluidos, simplemente lo habita.

Cuestionar este modelo no es estar contra la tecnología. Es preguntarse al servicio de quién está. Y esa es una pregunta profundamente educativa, política y ética.

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Cuando el problema deja de ser el uso: hacia una nueva atribución de responsabilidad en las redes sociales