¿Es legítimo que el modelo económico dominante en lo digital se base en convertir la vida,y especialmente la infancia, en materia prima?
El debate sobre la infancia y las redes sociales no va solo de pantallas, edades o control parental. Va de poder. De un modelo económico que convierte cada gesto cotidiano en dato y cada dato en valor. Durante años hemos normalizado que las plataformas digitales extraigan información de nuestras vidas bajo el pretexto de la gratuidad, la personalización o la innovación. Cuando esa extracción comienza en la infancia, la pregunta deja de ser técnica y se vuelve ética: ¿es legítimo un sistema que necesita convertir el crecimiento, la atención y la identidad de niños y adolescentes en materia prima para sostenerse?