Cuando dejamos de pensar: banalidad del mal, redes sociales y educación

Persona iluminada por la luz de un teléfono móvil en un entorno oscuro, rodeada de otras figuras desenfocadas también mirando pantallas. La imagen sugiere aislamiento y participación automática en entornos digitales.

Imagen generada por IA.

Pensar en la era del algoritmo como acto ético y educativo

Cada día participamos en dinámicas digitales que no hemos diseñado, no controlamos y rara vez cuestionamos. Compartimos, reaccionamos, opinamos. Y seguimos adelante. No porque las redes sean, en sí mismas, espacios malignos, sino porque en ellas se dan las condiciones ideales para que el juicio moral se diluya.

En el ecosistema digital actual, la acción ya no requiere deliberación. Basta con un gesto mínimo: compartir, comentar, reenviar, dar “me gusta”. No hay tiempo para detenerse, ni incentivos para hacerlo. El sistema premia la rapidez, la reacción inmediata, la alineación con la corriente dominante. Pensar, pensar de verdad, se vuelve incómodo, incluso disfuncional.

La banalidad del mal hoy: cuando dejamos de juzgar

Aquí aparece el paralelismo inquietante con lo que describía Hannah Arendt. La banalidad del mal no nace del fanatismo explícito, sino de la suspensión del pensamiento y del juicio. De la renuncia a preguntarse: ¿qué estoy haciendo?, ¿a quién afecta?, ¿qué legitimo con este gesto?

En redes sociales, el daño rara vez se presenta como daño o violencia. Se camufla de broma, de opinión, de tendencia, de “solo estoy compartiendo”. La responsabilidad se fragmenta hasta desaparecer. Nadie se siente autor del resultado final porque cada contribución es mínima. Y, sin embargo, el impacto colectivo es real: humillaciones públicas, linchamientos digitales, desinformación que se normaliza, discursos de odio que se propagan.

No hace falta mala intención. Basta con no pensar.

La banalidad del clic: participación sin responsabilidad

Podríamos hablar aquí de una banalidad del clic: una forma contemporánea de participación acrítica en dinámicas que generan daño sin exigir implicación moral. Un like no parece grave. Un retuit o un comentario tampoco. Pero cuando miles de personas actúan así, el efecto se amplifica y se legitima. El sistema funciona precisamente porque nadie se detiene a cuestionarlo.

Un problema profundamente educativo

Este fenómeno no es solo tecnológico. Es profundamente educativo.

Algo similar ocurre hoy con la inteligencia artificial cuando se incorpora a contextos educativos sin formación ni reflexión previa. El problema no es la herramienta, sino el uso acrítico que puede generar dependencia, delegación del pensamiento y lo que algunos autores ya describen como una forma de deuda cognitiva.

Durante años hemos reforzado modelos de aprendizaje centrados en la ejecución correcta, la respuesta rápida y la adecuación a criterios externos. Se valora más cumplir que comprender, más producir que reflexionar. En ese contexto, no resulta extraño que muchas personas trasladen esa misma lógica a los entornos digitales: seguir instrucciones implícitas, adaptarse al algoritmo, no salirse del carril.

El problema no es que jóvenes y adultos usen redes sociales. El problema es qué capacidades hemos cultivado, o no, antes de soltarlos en sistemas que explotan la atención y diluyen la responsabilidad.

Pensar como acto ético en la educación digital

Arendt defendía que pensar no era una actividad neutral ni puramente intelectual, sino un acto ético. Pensar implicaba detenerse, dialogar con una misma, asumir consecuencias. Hoy, pensar se ha convertido casi en un gesto contracultural: parar antes de compartir, leer antes de opinar, dudar antes de sumarse a la indignación colectiva.

Desde la educación, la pregunta ya no puede ser únicamente cómo integrar la tecnología en el aula, sino cómo formar personas capaces de no obedecer automáticamente a sus lógicas. Personas que sepan habitar entornos digitales sin renunciar al juicio propio, a la empatía y a la responsabilidad.

Quizá el mayor riesgo de nuestro tiempo no sea la presencia de las redes sociales o de la inteligencia artificial, sino la normalización de una vida sin pensamiento. Y, como advertía Arendt, cuando dejamos de pensar, el mal deja de ser excepcional. Se vuelve cotidiano. Invisible. Banal.

La ficción como espejo: Black Mirror

Para entenderlo mejor, a veces basta con mirar la ficción actual. O, más concretamente, Black Mirror.

En muchos de sus episodios no hay villanos evidentes, solo personas corrientes que aceptan las reglas del sistema. Se puntúa, se comparte, se observa. Todo parece voluntario. Todo parece inocuo. Hasta que el daño ya está hecho.

Lo inquietante no es la tecnología, sino la facilidad con la que dejamos de pensar cuando el sistema nos lo pone fácil.

Tal vez por eso esta serie nos inquieta tanto: porque no habla del futuro, sino de nuestra disposición presente a obedecer sin pensar. Y cuando el pensamiento se delega, el mal no necesita grandes discursos. Solo necesita normalizarse.

Una pregunta final

La pregunta, entonces, no es qué haríamos en un mundo distópico, ni cómo actuaríamos si el sistema fuese claramente injusto. La pregunta es mucho más incómoda y cercana: ¿en cuántas dinámicas, digitales y no digitales, participamos cada día sin detenernos a pensar si deberíamos hacerlo?

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