Contralgoritmia
Imagen generada por IA.
Leer, decidir y no delegar
Este texto nació entre dos vuelos de ida y vuelta a Barcelona. Un libro en papel en la mochila. Ninguna notificación urgente. Y una sensación muy clara al cerrarlo: algo se había recolocado.
El libro era Contralgoritmia, de Ángel Luis Fernández Recuero, publicado en el maravilloso ecosistema cultural de Jot Down. No es un manual, ni un panfleto, ni una nostalgia analógica. Es otra cosa más incómoda y más necesaria: un marco para pensar. ¿Qué nos está pasando cuando delegamos cada vez más decisiones, culturales, cognitivas, vitales, en sistemas que no entienden, pero optimizan?
Y mientras lo leía, a 10.000 metros de altura, entendí que la contralgoritmia no empieza en la tecnología. Empieza en gestos pequeños. En decisiones lentas. En cosas que no escalan.
De la cultura como experiencia a la cultura como dato
Uno de los hilos centrales del libro (que, en realidad, es una recopilación muy bien hilada de diferentes artículos) es la transformación silenciosa de la cultura en materia prima. Lo que escribimos, leemos, opinamos o compartimos deja de ser experiencia situada y pasa a formar parte de grandes repositorios que alimentan modelos, rankings y sistemas de recomendación.
Aquí aparece una infraestructura concreta, poco visible pero decisiva: la Common Crawl. Un archivo masivo de la web que recopila, de forma sistemática, millones de textos públicos y los convierte en corpus entrenable. No importa quién escribió, desde dónde o con qué intención. Importa qué fue escrito y qué puede ser procesado.
La cultura, así, deja de ser conversación para convertirse en dato. No importa tanto qué se dice, sino cuántas veces algo parecido ha sido dicho.
La frecuencia sustituye al sentido. La correlación suplanta al juicio.
El Common Crawl no es el origen del problema, pero sí su expresión material más clara: el lugar donde la experiencia humana se convierte en insumo estadístico. A partir de ahí, el lenguaje puede circular desligado del mundo que lo produjo.
Aquí aparece lo que Fernández Recuero denomina, en diálogo con otras tradiciones críticas, razón maquinal: una racionalidad que no pregunta qué significa, sino qué suele venir después. Y cuando el lenguaje se desacopla de la experiencia, pensar deja de ser necesario. Basta con predecir.
El loro estocástico y el lenguaje sin mundo
Y volviendo a la Inteligencia Artificial, que por aquí siempre nos preocupa y ocupa. Hay que dejar claro que los modelos que hoy producen texto con fluidez no piensan ni comprenden. Repiten. Recombinan. Simulan. Son loros estocásticos: hablan bien sin haber estado nunca en el mundo del que hablan.
El problema no es que “mientan” o “alucinen”. El problema es que hablen con autoridad sin tener la más mínima experiencia ni comprensión sobre lo que están hablando.
Y cuando ese tipo de discurso se normaliza, la fricción desaparece. Todo suena plausible. Todo encaja. Nada incomoda. Nada exige detenerse.
Lanier, Huxley y la comodidad como forma de control
Aquí conecté inevitablemente con Jaron Lanier (también mencionado en el libro) que lleva años advirtiendo de algo muy concreto: no estamos perdiendo solo la verdad, estamos perdiendo el yo. Delegamos tantas microdecisiones; qué leer, qué ver, qué comprar, qué pensar, que acabamos aceptando también las grandes.
E inevitablemente me vino a la cabeza también “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, que entendió antes que nadie que el control más eficaz no se ejerce por la fuerza, sino por la comodidad. No hace falta prohibir pensar si pensar resulta incómodo y todo lo demás está a un clic.
No vivimos en el mundo de Orwell, que tantas veces leemos en diferentes artículos. Vivimos en el de Huxley: un mundo donde no se nos impide pensar, se nos ahorra el esfuerzo de hacerlo.
Coixet y el gesto mínimo de decidir
Ese mismo fin de semana, sí estiré todo lo que pude esos dos días, me resonó mucho el artículo de Isabel Coixet sobre las decisiones de compra: “El precio de no comprar”, publicado en el XL Semanal. El artículo no habla realmente de consumo. Habla de agencia.
En un sistema que intenta anticiparse a todo, decidir conscientemente, comprar o no comprar, elegir esto y no aquello, apoyar a alguien concreto, es una forma mínima, pero real, de resistencia. Introduce algo que la razón maquinal gestiona mal: el criterio.
No es heroico.
No es épico.
Pero rompe la predicción.
Leer en papel como resistencia material
Y aquí llego a algo que el propio espíritu de Contralgoritmia me ayudó a formular con claridad: leer en papel también es una forma de resistencia.
No por romanticismo, sino por materialidad.
Un libro en papel:
No se puede reescribir sin dejar rastro
No se adapta a tu perfil
No desaparece por un cambio de interfaz
No optimiza tu atención
No te recomienda el siguiente párrafo
Exige tiempo, cuerpo y presencia. Exactamente lo que el sistema intenta eliminar.
En un entorno donde todo puede borrarse, corregirse o deformarse a golpe de clic, sostener un texto que no puede decir mañana algo distinto de lo que dijo ayer importa y mucho.
Lo que no cabe en el algoritmo
(Y que me llevé en la mochila)
Si tuviera que quedarme con una sola idea de la lectura de esos dos vuelos sería esta:
En esos dos vuelos no tomé grandes decisiones.
No apagué nada.
No hice ningún gesto heroico.
Solo leí despacio.
Subrayé.
Pensé.
Y no sentí la urgencia de producir nada a cambio (aquí quizás me contradigo un poco porque esta reflexión nace de ahí).
Y entendí algo sencillo: hay cosas que no deberían escalar. Que no necesitan ser más rápidas, ni más eficientes, ni más visibles.
Nada de eso va a cambiar el sistema de golpe. Pero me recuerda que no todo tiene que pasar por él.
Nada de eso va a cambiar el mundo. Pero sí cambia el lugar desde el que lo miro.
Y mientras pueda seguir eligiendo leer, escribir y pensar sin delegarlo todo, la razón maquinal no habrá ganado del todo.
Enseñar a pensar en la era de la automatización
Para quienes trabajamos en educación, todo esto no es un debate abstracto ni una preocupación teórica. Nos atraviesa cada día.
Si el lenguaje puede simularse, si las respuestas pueden generarse sin experiencia y si el sentido corre el riesgo de reducirse a lo más probable, entonces enseñar ya no puede consistir en acelerar procesos ni en optimizar resultados. Tiene que ir por otro lado.
Tiene que ver con sostener preguntas, no solo con llegar a respuestas.
Con escribir con palabras propias, aunque sea más lento y más torpe.
Con aprender a detectar cuándo un discurso suena correcto pero dice muy poco.
Hoy, el pensamiento crítico no consiste únicamente en evaluar información o contrastar fuentes. Consiste, cada vez más, en no delegar el criterio, en resistir la tentación de dejar que otros, o algo, piensen, escriban o decidan por nosotros.
En ese sentido, enseñar se convierte también en un ejercicio de contralgoritmia: crear espacios donde el pensamiento no está automatizado, donde la fricción no se elimina y donde el sentido no se reduce a lo que mejor encaja estadísticamente.
Quizá esa sea una de las tareas más importantes que aún podemos, y debemos, asumir desde la educación.
Referencias a los libros que cito, por si les queréis echar un vistazo (más que recomendable):
Fernández Recuero, A. L. (2024). Contralgoritmia. Jot Down.
Huxley, A. (1932/2003). Un mundo feliz. Debolsillo.
Lanier, J. (2018). Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato. Debate.
Coixet, I. (2026, 30 de enero). El precio de no comprar. XL Semanal. https://www.elcorreo.com/xlsemanal/firmas/isabel-coixet/el-precio-de-no-comprar-20260206104047-ntrc.html