La conversación que ya no nos pertenece: de la esfera pública al algoritmo
Imagen generada por IA.
Durante mucho tiempo pensamos que la conversación pública era algo que nos pertenecía.
Un espacio compartido donde las ideas circulaban, se confrontaban y, en el mejor de los casos, se transformaban en decisiones colectivas. Un lugar imperfecto, sí, pero reconocible: medios, plazas, debates, instituciones. Había mediaciones, había desigualdades, pero también una cierta aspiración común: entendernos.
Hoy seguimos hablando. Más que nunca. Y, sin embargo, cada vez resulta más difícil responder a una pregunta aparentemente sencilla: ¿dónde ocurre realmente esa conversación?
De la esfera pública a la promesa digital
Jürgen Habermas definió la esfera pública como ese espacio en el que la ciudadanía podía deliberar sobre los asuntos comunes a través del uso de la razón. No era solo un lugar, sino una forma de relación: argumentar, escuchar, contrastar, construir sentido colectivo.
Nunca fue un espacio plenamente inclusivo ni neutral. Las condiciones de acceso siempre estuvieron atravesadas por desigualdades sociales, económicas y culturales. Pero existía, al menos, una idea normativa: la conversación pública debía orientarse hacia el entendimiento.
Con la llegada de Internet, esa idea pareció expandirse.
Durante los primeros años de la red, se instaló una intuición poderosa: por fin disponíamos de un espacio potencialmente más abierto, más horizontal, menos mediado por estructuras tradicionales. Foros, blogs, comunidades digitales… todo parecía apuntar hacia una democratización de la palabra.
Nos organizamos. Compartimos conocimiento. Creamos espacios propios.
Durante un tiempo, pareció que Internet no solo ampliaba la esfera pública, sino que la transformaba en algo más accesible, más participativo, más nuestro.
Cuando la conversación empezó a girar
Ese momento, sin embargo, no duró.
Como señala César Rendueles, aquella promesa de democratización no desapareció de golpe, pero fue progresivamente absorbida por dinámicas que respondían a otra lógica. Lo que comenzó como un espacio distribuido y relativamente abierto fue desplazándose hacia entornos cada vez más cerrados, más privatizados, más dependientes de plataformas concretas.
La conversación dejó de ser algo que habitábamos para convertirse en algo que ocurre dentro de infraestructuras que no controlamos. Y con ese desplazamiento cambió también su lógica interna.
Algoritmos, atención y arquitectura invisible
Las plataformas digitales no están diseñadas para facilitar la deliberación, sino para maximizar la atención.
Esto introduce un cambio profundo: lo relevante ya no es lo más argumentado, sino lo más visible; no lo más verdadero, sino lo más compartido; no lo que construye, sino lo que engancha.
La arquitectura de esa conversación es, además, en gran medida invisible. Algoritmos que seleccionan, ordenan y priorizan contenidos determinan qué vemos, cuándo lo vemos y con qué frecuencia. No censuran en el sentido clásico, pero tampoco son neutrales. Operan como filtros activos que reconfiguran el espacio público sin necesidad de prohibir nada.
Lo público sigue existiendo, pero sus condiciones han cambiado.
Frente a esto, empiezan a surgir también propuestas que buscan recuperar cierto margen de agencia. Una de ellas es la contralgoritmia: la idea de intervenir, cuestionar o incluso diseñar alternativas a esas lógicas automatizadas que estructuran lo que vemos y cómo lo vemos. No se trata solo de entender los algoritmos, sino de disputar su poder.
Redes vacías: la ilusión de participación
Aquí es donde la lectura de César Rendueles resulta especialmente incómoda, y necesaria.
En Redes vacías, Rendueles cuestiona la idea de que la digitalización haya ampliado automáticamente nuestras capacidades democráticas. Frente al entusiasmo tecnoutópico, introduce conceptos como el ciberfetichismo: la creencia de que la tecnología, por sí misma, puede resolver problemas que en realidad son sociales y políticos.
La promesa de participación se convierte, en muchos casos, en una ilusión de participación.
Interactuamos constantemente, pero esa interacción rara vez se traduce en formas de acción colectiva sostenida. Lo común se fragmenta, se individualiza, se convierte en experiencia. No hemos dejado de participar. Pero cada vez participamos más en estructuras que no están diseñadas para lo colectivo.
Cuando la conversación también se genera
En este contexto, emerge una nueva capa que complejiza aún más el problema. Ya no solo se distribuye la conversación: también empieza a generarse.
Los sistemas de inteligencia artificial participan en la producción de textos, imágenes y discursos que circulan en ese espacio público reconfigurado. La frontera entre lo que decimos y lo que es generado se vuelve cada vez más difusa.
En algunos casos, incluso, la conversación ya no se produce únicamente entre personas. Existen experimentos, cada vez más frecuentes, en los que distintos sistemas de inteligencia artificial interactúan entre sí, generando diálogos autónomos, intercambiando información, refinando respuestas sin intervención humana directa.
Es decir: espacios conversacionales en los que la comunicación ocurre, pero ya no necesariamente entre sujetos.
Esto no implica necesariamente un deterioro inevitable. Pero sí introduce una pregunta nueva: ¿qué ocurre con la esfera pública cuando parte de esa conversación ya no proviene directamente de sujetos, sino de sistemas diseñados para reproducir lenguaje?
Educación y reconstrucción de lo común
Si la esfera pública ha sido reconfigurada, la educación deja de ser un elemento periférico para convertirse en un eje central. No basta con enseñar a usar herramientas. Necesitamos formar en algo más complejo: la capacidad de leer críticamente los entornos digitales, de comprender las lógicas que los sostienen, de identificar qué voces se amplifican y cuáles quedan fuera, de reconstruir espacios de conversación que no estén completamente subordinados a la lógica del rendimiento y la visibilidad.
También implica abrir una pregunta incómoda: qué significa hoy participar, pensar o posicionarse en un entorno donde no todas las voces son humanas, ni todas las interacciones responden a una intención consciente.
En otras palabras: necesitamos aprender a habitar esta nueva esfera pública.
La conversación que ya no nos pertenece
La conversación no ha desaparecido. Pero ha dejado de ser, en gran medida, un espacio que podamos considerar propio. Y, sin embargo, sigue siendo el lugar donde se construye lo común.
Por eso la cuestión no es solo tecnológica, ni siquiera comunicativa. Es profundamente política y educativa.
Estamos formando para algo más difícil y más urgente: para habitar un mundo en el que la conversación, ese espacio donde se construye lo común, ya no nos pertenece del todo.