¿Qué partes de nosotros mismos dejamos de mostrar para seguir perteneciendo?

Ilustración en blanco y negro sobre Harry Potter, polarización digital, identidad y miedo al juicio en redes sociales.

Imagen generada por IA.

Sobre la polarización, la empatía y el derecho a construir nuestra identidad en un mundo que no deja de observarnos.

Ayer, en Bielefeld, durante una jornada sobre democracia, pensamiento crítico y polarización, acabé hablando de Harry Potter. Sí, de Harry Potter. Y no fue casualidad.

Hace un tiempo compartí una publicación sobre la nueva serie. Algo tan sencillo como expresar mi ilusión por volver a un universo que me acompaña desde hace más de 30 años. Aquello terminó con personas llamándome tránsfoba.

Y me dolió.

Entendía de dónde venía la crítica. Entiendo el daño que pueden causar determinados discursos, la importancia de escuchar a quienes han sufrido discriminación y las razones por las que algunas personas han decidido distanciarse de la obra de J. K. Rowling.

No pretendo restar ni un ápice de importancia a ese debate. Es complejo, necesario y merece una reflexión propia. Quizá algún día me atreva a escribir sobre ello.

Pero comprender de dónde nace una crítica no nos obliga a aceptar todas las formas en que esa crítica se expresa.

Cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver enemigos

Me preocupa esa facilidad con la que convertimos las diferencias en trincheras. La necesidad de encontrar un enemigo al que señalar, etiquetar o cancelar. Como si solo existieran dos bandos. Como si disfrutar de una obra significara compartir cada una de las opiniones de su autora.

Como si responder al odio con más odio pudiera conducirnos a algún lugar mejor.

La empatía no debería exigirse únicamente a quien recibe la crítica. También debería estar presente en la manera de formularla.

Y, sin embargo, aquella experiencia sí me hizo replantearme cosas. No fueron los insultos ni las etiquetas los que me llevaron a reflexionar, sino las conversaciones tranquilas que mantuve después, en privado, con personas que me conocen. Personas con las que pude discrepar, escuchar otros puntos de vista, hacerme preguntas y revisar algunas de mis propias ideas sin sentir que tenía que defender mi identidad entera.

Esas conversaciones sí dejaron huella.

Porque cuando alguien nos escucha sin juzgarnos de antemano, es mucho más fácil estar dispuestos a escuchar también. Y escuchar de verdad implica aceptar que quizá tengamos algo que aprender, incluso de quienes piensan de manera diferente.

Cuando la indignación se convierte en negocio

Últimamente estoy leyendo La viralidad del mal, de Proyecto UNA (2024), y no puedo evitar conectar algunas de sus reflexiones con lo ocurrido.

Hemos trasladado buena parte de nuestra conversación pública a espacios privados, gobernados por empresas cuyos intereses comerciales condicionan qué se hace visible, qué se amplifica y qué queda relegado.

Habitamos un entorno digital complejo, donde incluso los límites de nuestra expresión están atravesados por las reglas y los intereses de quienes gestionan las plataformas. Nuestra relación con esos espacios parece, a veces, más contractual que libre.

Y la indignación puede resulta rentable.

No es solo una impresión. Investigaciones como las de Brady et al. (2017) y Robertson et al. (2023) han encontrado que determinados contenidos con carga moral y emocional, así como los titulares con lenguaje negativo, alcanzan una mayor difusión o atraen más clics en los contextos estudiados.

No significa que todo mensaje negativo se vuelva viral ni que las plataformas sean las únicas responsables de nuestra polarización. Pero sí invita a preguntarnos qué tipo de conversaciones estamos favoreciendo cuando la atención se convierte en un recurso económico.

Pienso también en una expresión de Talia Lavin (2020): «Ningún odio es una isla». Las distintas formas de odio pueden conectarse, reforzarse y alimentar dinámicas compartidas de exclusión.

Y me pregunto hasta qué punto estamos contribuyendo a reproducir esas dinámicas cuando respondemos a la deshumanización deshumanizando a otros.

El precio de pertenecer

Cuando me preguntaron en Bielefeld cómo había reaccionado, conté la verdad. Había buscado aquellas conversaciones privadas. Pero también confesé que, desde entonces, había dejado de compartir públicamente mi cariño por Harry Potter.

No quería incomodar a nadie.

Y hay algo que sigo pensando: es muy fácil pedir la renuncia a aquello que nos es ajeno.

Cuando hablamos de algo que nos acompaña desde hace décadas, que forma parte de nuestros recuerdos, nuestras emociones y nuestra historia personal, la renuncia no consiste simplemente en dejar de publicar una consigna en Internet o abandonar una conversación de cafetería.

Es algo que te atraviesa. Que forma parte de ti. Y no es tan sencillo.

Eso no significa que nuestras aficiones deban quedar al margen de cualquier reflexión ética. Ni que nuestras decisiones de consumo estén libres de consecuencias. Significa, simplemente, reconocer la complejidad de los vínculos que construimos con la cultura y con las historias que nos han acompañado durante buena parte de nuestra vida.

Precisamente por eso quise llevar aquella experiencia a Bielefeld.

Porque si nosotros, como adultos, llegamos a esconder partes de quienes somos por miedo al rechazo, ¿qué estará sucediendo con los adolescentes que todavía están descubriendo su identidad?

Crecen en un entorno donde cada opinión, afición, fotografía o error puede ser observado, interpretado y juzgado. Donde cambiar de opinión puede parecer imperdonable. Donde pertenecer, a veces, parece exigir que dejemos de mostrarnos tal y como somos.

Y donde, además, las condiciones de esa exposición no las decidimos únicamente nosotros. También las establecen las plataformas en las que transcurre buena parte de nuestras relaciones.

Educar sin arrebatarles la posibilidad de ser

He vuelto estos días a Hannah Arendt y a una idea que desarrolla en La crisis en la educación: nuestra responsabilidad como adultos es introducir a las nuevas generaciones en un mundo que ya existe, sin privarlas de la posibilidad de renovarlo y aportar algo que nosotros ni siquiera habíamos imaginado (Arendt, 1961).

Me conmueve especialmente esa responsabilidad.

Y me pregunto qué mundo les estamos ofreciendo si les enseñamos, aunque sea involuntariamente, que para ser aceptados es mejor no salirse del guion.

Les hablamos de privacidad, seguridad, reputación y huella digital. Les enseñamos a pensar antes de publicar y a protegerse de los riesgos de Internet.

Y debemos seguir haciéndolo.

Pero ¿les estamos dejando espacio para experimentar, equivocarse, cambiar de opinión y descubrir quiénes quieren ser?

Nos preocupamos por enseñar a los jóvenes a proteger su identidad digital, pero quizá deberíamos preocuparnos también por si les estamos dejando espacio para construirla.

Me traje de Bielefeld una experiencia preciosa, conversaciones que todavía me emocionan y una confianza que necesitaba.

Y también muchas ganas de seguir defendiendo los espacios donde podamos discrepar sin convertirnos en enemigos, escuchar sin tener que estar de acuerdo y cambiar de opinión sin miedo a dejar de pertenecer.

Porque quizá una de las consecuencias más silenciosas de la polarización no sea lo que gritamos unos contra otros, sino todo aquello que dejamos de decir sobre nosotros mismos.

Referencias

Arendt, H. (1961). Between past and future: Six exercises in political thought. Viking Press.

Brady, W. J., Wills, J. A., Jost, J. T., Tucker, J. A., & Van Bavel, J. J. (2017). Emotion shapes the diffusion of moralized content in social networks. Proceedings of the National Academy of Sciences, 114(28), 7313–7318. https://doi.org/10.1073/pnas.1618923114

Lavin, T. (2020). Culture warlords: My journey into the dark web of white supremacy. Hachette Books.

Proyecto UNA. (2024). La viralidad del mal. Descontrol Editorial.

Robertson, C. E., Pröllochs, N., Schwarzenegger, K., Pärnamets, P., Van Bavel, J. J., & Feuerriegel, S. (2023). Negativity drives online news consumption. Nature Human Behaviour, 7, 812–822. https://doi.org/10.1038/s41562-023-01538-4

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